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La mirada del Atlas Histórico

“En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y Por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.

Suárez Miranda: VIAJES DE VARONES PRUDENTES, LIBRO CUARTO, CAP. XLV, LÉRIDA, 1658. J. L. Borges, El Hacedor

“El pasado es otro país”, afirma E. Hobsbawn y añade que el historiador no sólo debe volver a él, sino que también debe confeccionar su mapa. “Pues sin ese mapa, ¿cómo podemos seguir los pasos de una existencia a través de los múltiples paisajes que le han servido de escenario, o comprender por qué y cuándo tuvimos dudas y tropezamos…?.[1] En el origen de este proyecto, reflexionar sobre el sentido que tendría confeccionar mapas históricos de la educación argentina, constituía una pregunta recurrente. En un escenario educativo premiado de debates, urgencias y desafíos, ¿que podría aportar la elaboración de una perspectiva histórica? ¿En que podía afectar esos debates, proponer alternativas ante las urgencias, intentar responder a los desafíos?

Para ensayar una respuesta, acudimos -una vez más-, a la cita. “Nada mejor en momentos de crisis y cambios que dirigir la mirada simultáneamente hacia la mayor cantidad de tiempos que podamos, hacia el futuro y hacia el pasado”. Frente a los avatares de la educación, en su condición de entrada al siglo XXI, esta afirmación colocaba el acento en recordarnos “que es imprescindible comprender mejor qué se derrumba para distinguir, entre los escombros, aquello que deseamos conservar”.[2]

Tapa Atlas del BicentenarioNo se busca, con este gesto, largarse a fundar nuevos museos. Por esa misma razón, sirva el epígrafe como un llamado a mantener una prudente distancia de las culturas que buscan afanosamente replicarse a si mismas, tanto como de aquellas que se abandonan a su suerte. Conservar, en este caso, remite a la capacidad de entrar en diálogo con las herencias, al tiempo que las mismas se someten a diferentes procesos de transmisión que las hallarán, indefectiblemente, transformadas. Conservar, entonces, para redescubrir y transmitir.

Los escritos históricos, lejos de ser abstractos o lineales, ensayan respuestas –a veces mejor, a veces peor esbozadas- a los debates del presente. Marc Bloch lo plantea con lucidez cuando se pregunta:“¿Qué sentidos tendrían para nosotros los nombres que usamos para caracterizar los estados del alma desaparecidos, las formas sociales desvanecidas, si no hubiéramos visto antes vivir a los vivos?”.[3] La historia se distancia del trabajo del anticuario, para constituirse en una actividad vital. Desde esta perspectiva, cuando un educador es capaz de hurgar en el ático de la historia, exhumando lenguajes y prácticas, hasta dar con una experiencia que creía perdida, no hace otra cosa que entrar en comunicación con un aspecto del orden perdido del mundo, inventando el modo de recuperar un sentido, acaso fundacional, pero sin duda oscuro. Nos referimos con ello a ser capaces de “sentir históricamente”.

Pero nuestra atención no debe dejarse obnubilar únicamente por los destellos del pasado. Al tiempo que elaboramos nuevas visiones del pasado, el presente de América Latina - donde nuestros países se saben llamados a buscar rutas inéditas hacia nuevas formas de integración - nos convoca a hacer uso de la imaginación como herramienta política, como instrumento de transformación. “O inventamos o erramos” afirmaba Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, cuando reflexionaba sobre las características que debía asumir la educación para ayudar a fundar las nacientes Repúblicas Americanas. La mirada del pedagogo nos indicaba que, para hacer la historia de América, hay elementos que solo podrían estar aguardándonos en el futuro.

El caso de Argentina no reviste una excepción. Conservar, imaginar, transformar. Coordinar estas acciones requiere grandes esfuerzos. Entre otras, el Estado, a través del diseño de políticas públicas en materia educativa, debe contribuir a compendiar y sistematizar la información necesaria para orientar las mismas. En esa misma dirección, se buscó confeccionar el Atlas Educativo de la República Argentina. No se trata de abarrotarse de información. Más bien, se procura organizar información significativa como plataforma para promover el desafío de enhebrar la trama que une el pasado con el presente y el futuro a través de dispositivos que sean capaces de organizar temáticamente el diagnóstico educativo con el trabajo arqueológico-genealógico y la imaginación prospectiva.

El Atlas Educativo de la República Argentina se propone componer escenas a través de la representación del territorio educativo en su vinculación con temáticas que, no por ser diversas, dejan de ser concurrentes.[4] La relación entre educación, escuela media y trabajo; las diferentes políticas que desarrolló la educación de adultos; la fisonomía que asumió la organización legal del sistema educativo, entre otras, constituyen eslabones de una experiencia histórica que, para ser comprendida, requiere la construcción de una mirada poliédrica que reflexione sobre lo simultáneo, componiendo el zócalo de situaciones y estados en los que se encuentra nuestra educación.

Este Atlas persigue, a su vez, un propósito: ser de utilidad como instrumento de reflexión sobre el estado de nuestra educación, como disparador de líneas de investigación y como herramienta de gestión. A través de la presentación de un conjunto de ejes temáticos busca colaborar en la construcción de la agenda pública educativa, incorporando información dispersa, proponiendo nuevas lecturas sobre el sistema educativo y socializando sus resultados para favorecer su circulación y puesta en práctica.